Un vez en cuando, había una casa pequeña a un calle a fuera de la ciudad. La casa era azul y tenía cortinas amarillas. En el pasado, una familia muy grande vivía en la casa. La padre y la madre eran muy amables. Tenían muchos niños, y siempre eran muy ruidosos, pero la casa le gusta porque el amaba la familia.
La madre de la familia siempre aseguraba que la casa era muy limpia. Sus ventanas brillan en el sol y las flores en el jardín eran muy hermosas. La casita era muy orgullosa.
Pero un día, la familia se movió a la ciudad. Ahora, la casa era vacía, y era muy triste. Los cuartos fueron silenciosos. Las ventanas se hicieron sucios. Los hierbajos mataron los flores y conquistaron la jardín.
A veces, los niños de la ciudad vinieron a jugar en el campo alrededor la casa. Por eso la casa era alegra. “Ven y vive en mí!” pensó la casa, “Yo soy muy solo.” Pero no pudo decir nada, y los niños regresaron a sus propias casas y familias.
Todo lo que la casa quería era una familia nueva. Se extrañó el sonido de los niños y las risas de los padres. La casita quería llorar, pero no pudo. Miró la lluvia en sus ventanas y eso fue sus lágrimas.
Un día, una anciana caminó lentamente por la calle de la casita. Ella abrió la puerta y entró la casa. El próximo día, ella trajo sus cosas en una maleta. La casa no sabía lo que debería pensar. ¿Donde estaban las risas y el sonido?
La vieja limpió las ventanas, hasta eran brillantes. Deshierbó el jardín y plantó flores hermosas. Cosió cortinas nuevas de tela amarilla. La vieja le ama la casita, y la casita le ama la vieja. Ahora, la casa era muy tranquilla, pero era muy alegra, porque no era sola.
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